Adriana-Royo-2
CULTURA,  ENTREVISTAS

Adriana Royo: «Poner límites es quererte a ti mismo, que devoren tus límites por miedo es abuso a uno mismo»

¿Alguna vez has accedido a planes que no te apetecían por no saber decir que no? ¿Has silenciado alguna opinión por ser discordante de la generalizada? ¿Has reprimido alguna queja para evitar un posible conflicto? ¿Has cedido a deseos ajenos para agradar o contentar a los demás? Si has respondido afirmativamente a alguna de estas preguntas es probable que el miedo al rechazo te impulse a aceptar y normalizar abusos de poder en tu día a día.

Adriana Royo, aborda este y otros miedos en Ética del despiadado’ (Ediciones B), un ensayo en el que la terapeuta realiza un análisis crítico de los mecanismos psicológicos presentes en el abuso de poder y en la manipulación a fin de dar las pautas necesarias para comprenderlos y ser capaces de controlarlos. Se centra en la culpa, el miedo y la rabia como emociones que abren paso a estos abusos de poder y, en consecuencia, al control sobre las personas. Su análisis comienza en la infancia y se extiende hasta la situación del individuo en la sociedad, pasando por las relaciones familiares y las de pareja. Hablo con ella sobre el miedo al aislamiento, la educación emocional, la empatía, la dependencia emocional y los límites en nuestras relaciones.

 

‘Ética del despiadado’ (Ediciones B) es un libro dirigido «a todos aquellos que estén cansados de ser demasiado serviciales y demasiado complacientes por miedo a que les abandonen. A aquellos que evitan el conflicto por miedo al rechazo». ¿Por qué tenemos tanto miedo a la soledad?

Más que a la soledad, tememos el juicio, la separación, que nos aíslen, que nos señalen. Sentir que somos los únicos, que no pertenecemos. El ser humano, por supervivencia, necesita sentir que pertenece. Nuestra identidad se construye en base a esa pertenencia. Sobre todo cuando somos pequeños y crecemos con nuestra familia, queremos sentir que formamos parte, que somos reconocidos, valorados, que merecemos amor. No es tanto el miedo a la soledad, es más bien el aislamiento. El sentir que estás fuera. La soledad, en principio, es un momento íntimo contigo mismo; el aislamiento, en cambio, es el peor castigo que se le puede infringir al ser humano.

 

 

 

Ese miedo al aislamiento nos hace aguantar abusos de poder en todos los ámbitos de nuestra vida: trabajo, pareja, familia, amigos; llegando, incluso, a normalizarlos ¿Cómo podemos aprender a identificarlos?

En primer lugar, viendo cómo te sientes en el vínculo con el otro. Las dinámicas de abuso de poder son un entramado complejo y con muchas capas que merece tiempo y paciencia para destejerlo y ponerle remedio. Lo más peligroso es la tendencia a normalizar dichos patrones y tratos. Dejamos que nos falten al respeto y lo normalizamos, lo justificamos, lo dejamos pasar. Ahí está el peligro. En nuestras excusas y justificaciones para no afrontar que nos ha dolido algo que nos han dicho o hecho y no queremos tragar.

El siguiente paso es preguntarse a uno mismo qué gana sintiéndose inferior, más que fijarse en el otro y culparle. A primera vista es imposible que yo saque algún beneficio de que abusen de mí, pero si tiras del hilo siempre existe algo «positivo». Una protección a un miedo, una sensación de contención o algún beneficio que sostiene el abuso en el tiempo. Es vital averiguar cuál es, si no es muy difícil salirse de esas dinámicas. Hasta que no se averigua es muy complicado emprender relaciones más horizontales.

 

Una vez identificados, ¿cómo podemos enfrentarlos, poner límites, desde un punto de vista constructivo, para mejorar la relación, y no destructivo?

Lo más importante es identificar qué parte de nosotros saca provecho del abuso. ¿Qué beneficio oculto escondo con el abuso del otro? Unas personas esconden su propia sensación de insuficiencia, otras su miedo al fracaso o su sensación de inutilidad. Lo más sensato e inteligente es apartarse de ese vínculo, reflexionar sobre cómo me hace sentir, ver qué puntos débiles tengo y ocuparme de ellos. Responsabilizarnos de nuestras emociones. Cuando algo me duela, me moleste o me enfade, expresarlo, poner límites. Poner límites es quererte a ti mismo, que devoren tus límites por miedo es abuso a uno mismo. 

 

 

 

 

Quizá este sea un problema social más que individual, ya que, tradicionalmente, existe un estigma hacia expresar el enfado. La evitación del conflicto se identifica con la bondad o el respeto cuando, como afirmas en tu libro, sería un denotativo de cobardía ¿Por qué ese rechazo a expresarlo?

Creemos que retener el odio salvaguarda nuestra existencia y el amor del otro. Parece que quedar bien y complacer es vital para nuestra supervivencia emocional. Nos da miedo expresar la rabia y herir a los demás. Sobre todo de pequeños. Si un niño ve a sus padres con mucha agresividad, sentirá miedo, por lo que relacionará la agresividad con el miedo, el bloqueo, la tensión, y no como una emoción básica, digna para tener un lugar en nosotros. Ese miedo a la agresividad de los demás o a la propia seguirá con el paso de los años. Es clave que los padres aporten una buena base de contención emocional a sus hijos para que puedan desarrollar y dar cabida a sus emociones sin que el cuerpo se sienta culpable por sentir lo que siente.

 

La infancia

¿Por qué es tan importante la etapa de la infancia para forjar la personalidad?

Nuestras primeras figuras de apego serán nuestros referentes. Como niños, somos miméticos y para sobrevivir debemos adaptarnos. Nuestros padres nos proporcionan la seguridad emocional por la que crearemos nuestra identidad de adolescentes y luego de adultos. La necesidad de atención cuando somos pequeños contribuye a la formación de la confianza básica, la cual repercutirá en la construcción de nuestra identidad. Si el adulto lo juzga, lo castiga, lo abandona o lo chantajea, su dignidad y su confianza básica se verán dañadas y será más propenso a desarrollar una autoimagen negativa que afectará negativamente a sus futuras relaciones. Si los cuidadores aceptan al niño y le permiten desarrollarse naturalmente en cada etapa, estarán proporcionándole una base segura de desarrollo futuro.

 

 

 

Esto pone de manifiesto la importancia de la educación emocional tanto en padres como en hijos. ¿Consideras que recibimos una educación emocional adecuada?

Creo que todavía no recibimos la educación emocional más adecuada. El sistema todavía está construido para que relegues tus emociones, las censures para sobrevivir. Aunque si lo comparamos a hace treinta años, por supuesto. Cada vez más se educa en la conciencia emocional y cada vez más se tienen en cuenta las emociones. Ahora quizá el problema es que apelamos mucho a ellas. Están de moda, y tampoco es eso. Se trata de aprender cada uno de sus propias emociones, pero tampoco dejar que dirijan el cotarro. Como escuché en una película: «Las emociones tienes que tratarlas como a los niños, no debes dejar que conduzcan ni las puedes encerrar en el maletero».

¿Problemas como el abuso infantil, las agresiones sexuales o el maltrato podrían evitarse con una formación emocional adecuada desde edades tempranas?

Sí y no. Ayudaría mucho aprender desde bien pequeños a respetar nuestras emociones, tener derecho sentirlas y darles cabida, a mostrar empatía con nosotros, pero la clave es la atmosfera que el niño vive durante sus primeros años de vida. Por mucha educación emocional que reciba en el colegio, si llega a casa y sus padres se gritan, se pegan o se amenazan, es bastante probable que el cuerpo absorba todo eso y, tarde o temprano, el niño haga de uno de los dos roles, o de ambos. Cual esponjas, los niños absorben lo bueno y lo malo, sin filtro, y eso permanece en nuestros cuerpos, a modo de impronta.

 

Empatía como amor propio

En el libro abordas una empatía que va más allá de su concepto tradicional de proyectarla hacia el otro y se centra en uno mismo. ¿Por qué es tan importante ser empáticos con nosotros mismos?

La empatía con uno mismo es amor propio. Desde esa empatía con uno mismo uno puede ser empático y bondadoso con otros, pero el altruismo puro no existe. Si yo siento empatía con ese niño que fui, que creció sintiéndose solo, incomprendido y medio escondido porque todo le daba miedo, es inevitable que si tengo un hijo tenga esa empatía con él y haga lo posible para que no se sienta así. La empatía con uno es la base del respeto al otro. Si no soy capaz de sentir empatía por mi propio dolor es bastante probable que infrinja ese dolor a los demás.

 

 

 

 

El amor propio adquiere gran importancia en las relaciones de pareja, que constituyen, probablemente, el caso más evidente de dependencia emocional. ¿Cómo es posible identificar si existe un vínculo amoroso de dos personas que se eligen desde la libertad o si se trata de dos personas que se necesitan emocionalmente?

Preguntándote cómo te sientes con esa persona y cómo actúan tus miedos con el otro o los miedos del otro contigo. ¿Dejo de hacer lo que me gusta por miedo a que el otro se vaya? Desde mi libertad escojo amarte a ti, sabiendo que un día puedes dejarme. El amor desde la libertad es la capacidad de “dejar ir” al otro. Si quieres a alguien quieres que esté bien, aunque sea con otra y no contigo. Amar no es la capacidad de aguantar, sino el respeto de ser y que el otro sea, aunque eso comporte que sea lejos de ti.

En el caso de pertenecer al grupo de los dependientes emocionales, ¿cómo podemos aprender a ser más independientes, a ver al otro como un compañero de vida y no como una figura necesaria que nos completa?

Siendo conscientes de que tu pareja no es tu padre ni tu madre y que tus carencias infantiles debes llenarlas tú mismo. Siempre estarán ahí, por lo que no está de más investigar un poco y hacernos responsables de nuestras heridas y no pretender que nuestras parejas nos las llenen. La idea no es ser dependiente o independiente, eso no existe, creo que la palabra sería interdependencia. Soy consciente de que necesito figuras de apego. Cual animal social que soy, comparto, me vinculo, amo, aprendo; sin dejar de hacer mi vida, lo que me llena y me hace sentir bien.

 

 

 

Para terminar, ¿cuál sería el remedio, a grandes rasgos, para perder el miedo al conflicto y ser capaces de poner nuestros límites?

No es cuestión de perder el miedo al conflicto, somos humanos, es natural temerlo. Lo básico es poner mis límites. Esto es: me respeto a mí mismo y los pongo respetándote a ti, aunque te enfade. Eso ya es cosa tuya. Yo te respeto respetándome. Ahora bien, si esa persona sigue apretando y jugando con tus límites una vez los has puesto, debes imponerlos. Todo depende de la situación, del momento, de la persona. El objetivo sería expresar mis límites sin tratar de imponerlo sobre el otro, diciendo cómo me siento y actuando en pos de mi propio bienestar para cuidar precisamente de esa emoción.

 

Comparte este artículo en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Email this to someone
email

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *